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¿Para Qué?

El dolor cuando llega a nuestra vida, sobre todo cuando se debe a la pérdida de un ser querido, nos golpea, nos arrastra y nos deja perdidos, desorientados, desarmados. La vida que conocíamos y que amábamos desaparece de pronto dejando un sentimiento de vacío y desolación que pensamos nunca se va a ir; en momentos así el futuro deja de existir, duele demasiado pensar en qué pasará mañana cuando apenas tenemos fuerzas para sobrevivir hoy.

Gran parte de nuestra energía en esos momentos tan difíciles se nos va tratando de entender por qué las cosas tuvieron que ser de la forma en que fueron, tratando de discernir si lo merecíamos, si fue nuestra culpa o si hubiera podido ser de otra forma. De poco sirven esos esfuerzos porque lo único cierto es que las cosas son como son y no hay forma de cambiarlas, las respuestas a esas dudas y preguntas nunca llegan.

Lo cierto es que Dios no nos creó para sufrir y hará todo lo que sea necesario para llegar a nuestro corazón y sanarlo; no siempre lo dejamos, no siempre le permitimos curarnos pero nunca deja de intentarlo, Jesús nos llama, nos busca, nos persigue y cuando nos dejamos alcanzar cosas maravillosas suceden, porque contrario a lo que podemos pensar, el sufrimiento e incluso la muerte nos traen regalos.

Vivimos en una sociedad de muerte donde nos desgastamos tratando de evitar el sufrimiento a toda costa; en un mundo que pelea con más fuerza por el derecho a matar y a morir con tal de no sufrir, que por el derecho a vivir y a dar vida. Pero no hay camino más equivocado que ese, porque por paradójico que parezca cuando tomados de la mano de Jesús dejamos de resistirnos y permitimos que el dolor nos atraviese, no morimos como pudiéramos pensar, sino que encontramos una nueva forma de vivir porque entramos en contacto con la esencia misma de la vida y eso nos hace llegar a lugares insospechados.

Es entonces cuando dejamos atrás el “¿por qué?” y casi sin darnos cuenta llegamos al “¿para qué?” Ningún dolor tiene un por qué pero TODOS los dolores pueden tener un para qué si nos decidimos a encontrarlo. Es ese el mayor milagro que Dios hace en nuestras vidas, nosotros quisiéramos simplemente que nos desapareciera el dolor, pero él en su infinita misericordia va más allá y nos regala un sentido, una razón, una misión. En la herida de nuestro corazón está la fuente de la misión y esa misión no borra el sufrimiento pero le da un nuevo sentido a nuestra existencia.

¿Deseas encontrar el ¿para qué de tu dolor? ¿deseas transformar toda tu pena en fuente de vida y esperanza? Parece difícil lo sé, parece imposible es cierto, pero no tengas miedo porque Jesús está a tu lado esperando únicamente que te tomes de su mano para lograrlo. No te asustes si caes, no te desanimes si de pronto te pierdes porque Jesús no se cansa, siempre te esperará y regresará por ti las veces que sea necesario. Tal vez te tome tiempo, seguro no será fácil ni rápido pero una vez que lo encuentres tu vida cambiará para siempre

Todos estamos llamados a dar vida, porque es dando vida como alcanzamos a vivir de verdad y el sufrimiento e incluso la muerte vividos de la mano de Jesús son fuente de vida, son fuente de amor porque nos permiten abrirnos y acercarnos a los demás. Quien logra abrirse al sufrimiento de otros normalmente termina sanando el propio.

Dios no nos manda ni nos causa el sufrimiento pero no puede evitárnoslo, sin embargo su mayor deseo es que seamos felices por eso hace algo que es todavía mejor, lo transforma en fuerza creadora y fuente de vida. El dolor nos da el impulso para salir, las alas para volar, la fuerza para seguir; el dolor no va a desaparecer pero se acomodará en un lugar de tu corazón donde no te estorbará para ser feliz y verás que la felicidad que se vive por encima del dolor se saborea más, se vive mejor, se siente con más intensidad y regalos insospechados llegarán a tu vida, sólo trabaja de la mano de Jesús, espera y confía.


Foto: Gabriel Ocádiz Luna

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