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El Prójimo

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo…” Hemos escuchado esta frase de Jesús muchísimas veces y casi siempre la atención se centra en entender QUIEN es mi prójimo sin embargo ¿te has preguntado alguna vez si te comportas como el prójimo de los demás? No importa de quien se trate, si es alguien cercano o simplemente alguien que pasa por tu vida de manera ocasional ¿actúas como su prójimo?

Prójimo es aquel que es capaz de acercarse al que sufre sin miedo a contagiarse, sin temor de ser tocado por el dolor del otro ¿quién no se conmueve con las tragedias que les pasan a los demás? Pero ¿te acercas o prefieres solo ver de lejos? ¿te quedas o huyes? Yo misma muchas veces me quedé mirando de lejos, con una pregunta cuya respuesta muchas veces traté de esquivar “¿Por qué a él o a ella y no a mí?” “¿Podría eso mismo pasarme a mí?" la respuesta a esas preguntas puede ser aterradora por lo que traté muchas veces de darme respuestas que calmaran mi temor: “Seguro él o ella hizo algo mal, tal vez no tuvo cuidado, yo lo haría de otra forma así que a mí no me pasaría…” y pensé así hasta que me pasó, fue entonces que no tuve más remedio que aceptar la realidad y responderme con la verdad: sí podía, sí puede pasarme a mí, puede pasarnos a cualquiera.

Es algo terriblemente difícil de aceptar; invertimos enormes cantidades de energía luchando por borrar el dolor propio y ajeno pero en esa lucha lo único que logramos es convertirlo en sufrimiento, sufrir es pelear con el dolor.

El dolor tanto físico como emocional es un mensajero, es un síntoma de algo que ocurre en nuestro cuerpo o en nuestra alma y es inevitable, todos los hemos sentido o lo sentiremos alguna vez en la vida, pero si no lo sintiéramos no nos daríamos cuenta de que algo ocurre; podemos tomar un analgésico para calmarlo por ratos, pero si no atacamos la causa termina por destruirnos, esto es así tanto para el dolor físico como para el dolor emocional. Físicamente los médicos cuentan con muchos medios para descubrir y atacar las causas de nuestros dolores ¿pero qué hacemos con el dolor emocional propio y ajeno? “Ya no estés triste...”, “Tienes todo para ser feliz...”, “Échale ganas…”, “Ya no pienses…” son sólo ejemplos de lo que les decimos a otros o lo que nos dicen para calmar el dolor, pero eso en realidad no ayuda ¿qué hacer entonces con él? Al dolor hay que dejarlo ser, mirarlo de frente sin tratar de escapar, entender su causa y dejarse habitar por él, pero este proceso puede ser terriblemente difícil, es aquí cuando el prójimo hace la diferencia. Si bien es cierto que hay muchos profesionales de la salud mental que pueden ayudar a atravesarlo, sólo el amor sana de verdad y ese sólo puede venir de otro ser humano que se acerca lo suficiente para hacerlo llegar de corazón a corazón.

¿Cómo ser de verdad prójimo para alguien que sufre? No tengas miedo, el dolor no es contagioso, acércate despacio, con respeto, sin invadir pero acércate hasta donde el otro te lo permita y cuando estes cerca, no juzgues ni califiques su dolor ni la forma en que lo enfrenta ¿puedes acaso evitar o borrar el dolor ajeno? Definitivamente NO, no lo intentes siquiera, se trata simplemente de estar, de acompañar, de sentir con el otro para que no este solo.

El amor que sana viene de un alma que se abre sin miedo a otra y se deja bañar por su dolor; la mayoría de nosotros pensamos que si hacemos eso nos estaremos causando un mal, algo así como ser masoquista, pero contactar desde lo profundo del espíritu no consiste en intentar reparar al que sufre tratando de borrar su dolor, se trata de acompañarlo; es sentarse a su lado mientras el dolor lo atraviesa, es darle la mano para levantarse cuando ha quedado exhausto en el piso, es lavar y vendar sus heridas y no tener miedo de ver su semblante agotado. Es mirar de frente unos ojos que han perdido la luz para esperar pacientemente a que se enciendan de nuevo, es caminar lentamente al lado de aquel que parece arrastrarse en vez de caminar, es apretar una mano que apenas tiene fuerza, es dejar que el otro llore lo que sea necesario aunque sus lágrimas te mojen a ti también, es escuchar una respiración que parece ser tan sólo un suspiro y quedarse, sí quedarse a pesar del miedo. Pareciera que sólo aquellos que no tienen nada que perder se animan a hacerlo, es decir aquellos que han atravesado su propio dolor y han sobrevivido ¿qué más podría pasarles? La gran sorpresa está en el milagro de amor que Dios hace surgir de dos almas que se encuentran en el dolor, puedo decir por experiencia propia que es la experiencia más bella que puede vivir una persona, tanto para el que sufre como para el que le acompaña, creo que es precisamente eso lo que nos convierte en humanos.

Y es que es ahí donde habita Dios de manera más palpable: en el corazón doliente del ser humano, es ahí donde espera que lo encontremos, desde ahí nos llama, porque desde ahí nos devuelve a la vida. ¡No tengas miedo del dolor ajeno! Tocar suavemente las heridas de otro no te herirá a ti, porque el dolor que se vive acompañado desde el amor y no desde el miedo no destruye, sino que engrandece y da la capacidad de alcanzar la verdadera felicidad desde la paz que no se pierde cuando las cosas no salen como esperas.

El milagro más grande del que he sido testigo en mi vida es el de una mirada perdida y apagada que poco a poco recupera la luz y brilla a través de sus lágrimas ¿te atreves a vivirlo tú? Sal y conviértete en el prójimo de alguien que hoy está cerca y te necesita.



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