Soltar
- Celina Robles Montiel

- 14 abr
- 5 min de lectura
Después de mirar, agradecer y aceptar mi pasado, me doy cuenta de que Dios deja algo en mí a partir de cada experiencia vivida, Él ha usado cada paso de mi camino para transformarme en la persona que soy hoy, para traerme al lugar en el que estoy.
Son consciente de que en realidad he dedicado muy poco tiempo y energía en apreciar eso que va quedando en mí y aunque trato, me cuesta, porque hay poco espacio en mi corazón, hay demasiado ruido, demasiado cansancio, demasiadas cargas, pero algo me dice que es necesario dejar llegar en plenitud cada uno de esos regalos que mi camino de vida ha ido dejando en mí, así que el siguiente paso para mí ha sido SOLTAR, soltar para hacer espacio, para tener energía que me permita convertir mi historia en inspiración para el presente y para el futuro, se trata de soltar para poder abrazar la vida.
Quiero empezar expresando que aprender a soltar no es fácil, no es algo que pueda hacerse de golpe, hay que irlo haciendo poco a poco, porque soltar asusta ya que lo que se suelta deja huecos en el alma, huecos que incomodan, que duelen incluso, y que, si no se llenan con algo más, se vuelven a ocupar con eso que estorbaba, así que aunque aquí lo menciono rápidamente, una cuartilla no alcanza para describir el proceso que he tenido que hacer para soltar cada una de esas cosas que estorbaban o que incluso aún estorban en mí corazón.
Lo primero, soltar la culpa irracional, es decir la culpa por aquellas cosas que no estaban en mi control o que eran responsabilidad de alguien más y hago un esfuerzo por dejar en ese lugar la idea clara de que soy limitada, de que tengo control de casi nada y de que no todo depende de mí, todo eso lo dejo en manos de Dios y dejo de luchar por imposibles.
Sin embargo, en ese mismo camino me encuentro con la vergüenza que tiene que ver con lo malo que siento es parte de mí, con aquello que creo debería ser y no soy, aquí entra la insuficiencia, la sensación de sentirme inadecuada, con la impotencia de creer que, si es parte de mí, no puede cambiar. ¿Cómo soltar esto y qué poner en su lugar? La convicción de que Dios me creó como soy de manera intencional y con un propósito, Él me creó imperfecta y limitada, pero a la vez valiosa y digna, solo cuando pude creer profundamente que Dios me ama como soy de manera incondicional, conociendo de mí incluso lo que trato de ocultar, pude empezar a trabajar con la culpa irracional y la vergüenza.
Pero si estas dos son difíciles, ahora viene la culpa real, es decir, la culpa por los errores que sí cometí, por mis malas decisiones. Con esto la condescendencia conmigo misma no me sirvió, así que empecé por sentirla a fondo, sentir la culpa por mis errores reales, los miré de frente y me dije a mi misma con total honestidad: “sí hice mal, sí pude hacerlo mejor, no estuvo bien” pero ¿de qué sirve quedarme ahí? ¿será que puedo hacer algo con eso? Tengo la convicción de que sí puedo, así que identificándome de nuevo con el amor de Dios, me puse a pensar que cuando me creó Él sabía que me iba a equivocar, que le iba a dar la espalda y fue precisamente por eso que envió a su hijo a salvarme, a mostrarme que puedo moverme de ese lugar, Jesús no habría entregado su vida por un ser miserable y sin valor, sólo mirándome desde los ojos de Dios pude empezar a ver que no SOY mis errores, los cometo, así que decidí soltar la culpa y cambiarla por un sincero y compasivo arrepentimiento.
El mismo Jesús lo dijo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.” (Mc 2,17) ¡Yo soy una de esas enfermas, Él vino por mí! “¡Dichosa la culpa que mereció tal redentor!” Solo el que se arrepiente de corazón puede pedir perdón, y desde ahí le pedí y le pido perdón a Dios, pero al momento de hacerlo abro mi corazón y me dejo bañar por su misericordia ¡Él ya me ha perdonado! Y si Él ya me ha perdonado ¿quién soy yo para no perdonarme a mí misma? Quedarme en la culpa avergonzándome de mí, es tanto como rechazar la salvación que Jesús me consiguió con su vida, así que me miro en el espejo, me pido perdón y me perdono, a la vez que también pido perdón a las personas que pude haber dañado de alguna manera en el pasado.
Sin embargo, aun trabajando en esto, sentía que algo faltaba, intuí que sentirme perdonada me empujaba a algo más ¿qué era? Comprometerme, hoy me comprometo a reparar el daño que me hice a mí misma y el que le hice a otros, pero también me comprometo a no volver a cometer los mismos errores, hacerlo les da un sentido.
El proceso no es sencillo y aún queda más por soltar:
Suelto la falsa modestia que me impide ver las cosas buenas que he hecho por mí y por los demás, y la cambio por la conciencia de que hay talentos y recursos en mí que me permitieron hacerlas, así que asumo la responsabilidad de desarrollar esos talentos y ponerlos al servicio de otros y de mi propio bienestar, para con eso dar gloria a Dios.
Suelto el rencor y el resentimiento con aquellas personas que tomaron decisiones o hicieron cosas que me dañaron de cualquier manera, hago mi mayor esfuerzo por mirarlos desde los ojos de Dios, así como me he sentido mirada por Él y me doy cuenta de que estamos en el mismo lugar haciendo lo que podemos con lo que tenemos, luchando con nuestras heridas y fantasmas, no somos diferentes, y siendo consciente de que yo necesito perdón y he sido perdonada, perdono, no desde la soberbia sino desde la humildad. Lo bello de este proceso es que al hacerlo logro cambiar el rencor por la libertad, el perdón me permite dejar de estar atada a esas personas y a los hechos que me causaron sufrimiento.
Suelto también la actitud de víctima que me impide ver las cosas maravillosas que muchas personas han hecho por mí, la cambio por un profundo agradecimiento y me comprometo a retribuir a esas personas el bien que me hicieron, pero más allá de eso a replicarlo y hacerlo yo por otros.
Suelto el enojo, la frustración y la rebeldía por las cosas hermosas de mi vida que terminaron, por mis pérdidas, y los cambio por la certeza de que esas cosas no se truncaron, sino que se completaron, llegaron a plenitud y trascendieron y al hacerlo una parte de mí trasciende con ellas, de esa forma se quedan en mí para siempre.
Suelto las lamentaciones por todo lo que no pudo ser o lo que no fue como yo esperaba, hago mío el sentimiento de que todo aquello no era lo que yo pensaba porque he comprobado que Dios ha tenido mejores cosas para mí.
Suelto las ganas de volver a lugares donde fui feliz o donde estuve cómoda, porque la que soy ahora ya no sería feliz ahí y la comodidad muchas veces ha sido un obstáculo para mi crecimiento.
Suelto la inquietud por cambiar el pasado porque todo ha sido necesario para que yo hoy sea quien soy y esté donde esté y suelto la ansiedad de saber por qué las cosas fueron como fueron, hoy me he dado cuenta de que Dios me lo va revelando cuando todo cuando estoy lista para entenderlo.
¡Qué ligereza de corazón! Al soltar rompo las cadenas, suelto los lastres, abro puertas y ventanas y ahora sí tengo espacio para lo que sigue: RECIBIR.





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